viernes, 2 de diciembre de 2011

Ballet, un estilo de vida

El ballet, hoy considerado dentro como una de las Artes Escénicas, nació a fines del siglo XV, en la cultura de la corte renacentista de Italia, como una forma dancística de la esgrima. Pero el desarrollo del ballet se produjo en Francia en los tiempos de Luis XIV, especialmente en el siglo XVII. De hecho, el ballet tiene su propio vocabulario que cuanta con una gran cantidad de palabras francesas.

A pesar de su desarrollo y las reformas realizadas por Jean-George Noverre en el siglo XVIII, el ballet perdió popularidad en Francia luego de 1830; sin embargo, se desarrolló en otros países europeos como Italia, Rusia y Dinamarca. Entre ellos, Rusia fue esencial para la expansión de la danza, debido a la popularidad mundial que alcanzaron los Ballets Rusos de Sergei Diaghilev.
Durante el siglo XX, el ballet continuó su desarrollo, mejorando las técnicas y variando en estilos. Hoy, tiene una fuerte influencia en la danza de concierto y se considera que los bailarines actuales tienen habilidades técnicas muy superiores a los del pasado. El ballet es de hecho un tipo de danza altamente técnico que requiere estudios y práctica constante, incluso mejor si es desde temprana edad. En todo el mundo existen escuelas especializadas de ballet que lo enseñan usando su propia cultura y sociedad. El ballet es una danza coreografiada y acompañada comúnmente de música clásica, y puede incluir también mímica y actuación.

    

Arte Urbano

El arte es un animal. Lleva mucho tiempo encerrado en edificios y casas, mirando por la ventana o dejándose calentar controladamente por la luz artificial. Hasta el más radical o rebelde suele terminar bajo techo, protegido. Debidamente mantenido, quieto, silencioso.

Preservado, a veces, durante siglos. El arte es, en general, un animal doméstico. Quizá un gato. Un felino que no ha perdido del todo el instinto merodeador.


En los últimos años hay una especie que circula por la ciudad, que aparece y desaparece, y deja colgando en el aire su sonrisa como el enigmático gato de Cheshire.

Lo llaman arte urbano, street art, arte callejero de la era posgraffiti. Porque no nos referimos a las pintadas de nombres y firmas que invaden ya las paredes de las grandes ciudades de todo el planeta, muchas veces estropeando entornos o emborronando aún más el caos visual en el que vivimos, sino a aquellas otras manifestaciones que plantean al transeúnte una relación levemente distinta con su hábitat.

Hoy existen artistas que han elegido los muros viejos y abandonados para devolverlos al mundo visible con un diseño, otros que atacan los paneles publicitarios transformándolos en una parodia de sí mismos, unos terceros que colocan en las calles objetos o signos sorprendentes y algunos más que idean distintas estrategias para interactuar con la gente de la calle, aquella que jamás entrará en una galería de arte o en un museo.