Preservado, a veces, durante siglos. El arte es, en general, un animal doméstico. Quizá un gato. Un felino que no ha perdido del todo el instinto merodeador.
Lo llaman arte urbano, street art, arte callejero de la era posgraffiti. Porque no nos referimos a las pintadas de nombres y firmas que invaden ya las paredes de las grandes ciudades de todo el planeta, muchas veces estropeando entornos o emborronando aún más el caos visual en el que vivimos, sino a aquellas otras manifestaciones que plantean al transeúnte una relación levemente distinta con su hábitat.
Hoy existen artistas que han elegido los muros viejos y abandonados para devolverlos al mundo visible con un diseño, otros que atacan los paneles publicitarios transformándolos en una parodia de sí mismos, unos terceros que colocan en las calles objetos o signos sorprendentes y algunos más que idean distintas estrategias para interactuar con la gente de la calle, aquella que jamás entrará en una galería de arte o en un museo.

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